Universidat Pompeu Fabra. Grupo de investigación en Periodismo

Qué piensan los ciudadanos de los periodistas

Los ciudadanos son mucho más exigentes y duros que los periodistas con el tratamiento de la información. Esperan más dedicación y más resultados en el trabajo diario. Creen que la objetividad informativa es posible y necesaria, y además creen que si no se logra habitualmente una información de calidad no tiene tanto que ver con las habilidades de los profesionales sino con las presiones que estos soportan. El poder es quien bloquea la información para que no llegue completa a los ciudadanos. Por tanto, los periodistas no son capaces de superar estas presiones y ceden ante ellas.

Los ciudadanos, en conjunto, recelan de la información. Así se pone de manifiesto en una amplia investigación sobre ética periodística llevada a cabo por el Grupo de Investigación en Periodismo y que se explica con mayor detalle en esta propia web.

Los periodistas deben recurrir incluso a medios ilícitos para conseguir noticias precisas cuando se trate de corrupción política, tráfico de droga o delitos especialmente graves. A los ciudadanos no les preocupa en exceso que se pueda mezclar información y opinión, algo que ven más bien como un tecnicismo, pero coinciden con los periodistas cuando no creen necesario que se describa la nacionalidad, la etnia o la orientación sexual del protagonista de una información si no resulta fundamental para comprenderla. Sólo la mitad de los ciudadanos comprende que se deba mantener la presunción de inocencia, mientras que para los demás resulta un asunto menor, de la misma forma que reclaman tanta información como sea posible sobre los juicios que despiertan interés social.

Los ciudadanos, como los periodistas, no desean que el periodismo dependa del poder político: se oponen a que se informe más del gobierno que de la oposición, aunque se muestran especialmente de acuerdo a que se informe de las directrices gubernamentales en casos de terrorismo, salvo en el País Vasco, una auténtica excepción en estos supuestos.

Tan poca esperanza deposita el ciudadano en la profesión que se considera que el periodista no tiene forma de evitar las presiones propias de los patrocinadores ni los anunciantes, y que de hecho trabaja maniatado. El escepticismo no se queda aquí. Cualquier regalo que se le ofrezca a un periodista debe ser rechazado, incluso los obsequios propios de la mercadotecnia. No hay regalos inocuos, de la misma forma que algunas ideas y opiniones no deben ser difundidas en los medios informativos si atentan contra los Derechos Humanos, expresan racismo, xenofobia o defienden a grupos considerados terroristas.

Es precisamente en el terrorismo donde todavía arrecian más las diferencias entre los valores deontológicos de los periodistas y del público. Los receptores de la información esperan que los informantes sigan las directrices gubernamentales, y también difieren de los periodistas cuando aluden a la intimidad de las víctimas para justificar que no se muestren imágenes explícitas de los atentados. En ningún caso defienden que los periodistas saben administrar por sí mismos la forma y la necesidad de mostrar fotografías de cadáveres.

No se acaban aquí las diferencias. Los ciudadanos rechazan que se persiga a personajes públicos por el calle, mientras que los profesionales, sin justificar el acoso mediático, lo ponen en función de la urgencia y la necesidad informativa. Coinciden en evitar las fotos y la información sobre personas que se han suicidado, aunque en el caso de la violencia contra las mujeres los profesionales prefieren informar para sensibilizar a la sociedad mientras que los ciudadanos escogen priorizar el derecho a la intimidad de las víctimas. Por otro lado, los ciudadanos resultan menos permisivos que los periodistas con las palabras y expresiones de mal gusto, incluso con las caricaturas y los dibujos o chistes de contenido sexual.

De forma implícita, los ciudadanos muestran las reticiencias que les genera la profesión. Se declaran avezados sobre las presiones con las que se realiza el trabajo diario del periodista y resultan críticos con los resultados habituales. Pueden comprender que los periodistas no se comporten como héroes que se enfrenten cada día al poder establecido, pero no perdonan que saquen ventaja alguna de su cercanía a determinados entornos económicos y políticos. El periodismo cotidiano no convence a su público porque los ciudadanos no consideran a los periodistas capaces de trabajar sin caer ante las presiones o las tentaciones propias de la profesión.